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Diego Armando Maradona

En el club más grande no podía estar ausente el jugador más
grande de todos los tiempos, Diego Armando Maradona, un
auténtico "monstruo" del fútbol mundial. Su
impactante llegada a Boca se produjo a principios de 1981, como
estandarte de una revolución futbolística encarada por la
dirigencia xeneize de aquella época. El costo de la
transferencia fue un récord absoluto en el mercado local, ya que
Boca abonó a Argentinos Juniors, dueño de su pase, cuatro
millones de dólares por el préstamo de un año y medio, más la
cesión de varios jugadores xeneizes para el conjunto de La
Paternal, como Carlos Salinas, Osvaldo Santos, Carlos Randazzo y
Eduardo Rotondi en forma definitiva, más los préstamos de Mario
Zanabria y Miguel Angel Bordón.
Maradona, con 20 años cumplidos, por ese entonces ya era figura indiscutida del fútbol argentino y su nombre comenzaba a rebotar por todo el mundo luego de que integró el seleccionado juvenil que se adjudicó el Mundial de Japón, en 1979.
En Boca se encontró con un plantel de estrellas, ya que además de su compra también se habían logrado los pases de Brindisi, Escudero, Krasouski, Morete, Passucci y la vuelta de Trobbiani.
La magia futbolística de Diego, la categoría de Brindisi y el buen acompañamiento del resto hicieron que Boca se adjudicara el Metropolitano de 1981, donde Maradona terminó anotando 17 goles. En el Nacional no se pudo repetir el título y llegaron los primeros problemas, ya que el dólar se había "disparado" y el pago de la opción definitiva por el pase de Diego, fijada en cuatro millones de dólares, se hizo imposible. Así fue como se produjo un litigio entre Argentinos y Boca por los derechos federativos del jugador, llegándose a un acuerdo final por el que Maradona finalmente fue transferido al Barcelona de España, con ventajas económicas para todas las partes involucradas. Claro que los que perdieron fueron el público de Boca y el fútbol argentino, debido a que se quedaban sin su figura más promisoria, el talento más importante surgido en varias décadas.
El tiempo dio la razón a esta afirmación, ya que Diego fue estrella no sólo del Barcelona, sino en el fútbol italiano, donde llevó al Napoli a los logros más destacados de su historia, provocando que su figura fuera prácticamente venerada por los napolitanos.
Su extraordinario manejo del balón, su panorama de juego, su pegada exquisita de pie zurdo y su electrizante pique corto eran incontrolables. Un verdadero malabarista con la pelota, capaz de inventar la jugada más bella e impensada, pero además con la contundencia de un goleador implacable.
Gracias a su extraordinario talento la Selección Argentina alcanzó su segundo título de Campéon del Mundo, en México 86, donde convirtió el mejor gol de todos los mundiales, el segundo en la victoria por 2 a 1 frente a Inglaterra, dejando rivales en el camino desde la mitad de la cancha y definiendo con el arco vacío luego de superar el último escollo del arquero.
También fue capitán y figura de la Argentina subcampeona en Italia '90, jugando su cuarto Mundial (el primero había sido el de España 82) en USA '94, donde en un confuso episodio dio positivo en un control antidoping, justo cuando el conjunto albiceleste se perfilaba para conquistar otro título. Ahí pareció quebrarse la resistencia de Diego, quien transitó durante 12 años por canchas europeas, ya que además de su paso por el Barcelona y el Nápoli (donde vivió otro desafortunado caso de doping), lució la casaca del Sevilla, bajo la conducción técnica de Carlos Bilardo.
Antes del Mundial de Estados Unidos había concretado su regreso al fútbol argentino con la casaca de Newell's, pero su paso por el equipo rojinegro fue tan fugaz como poco productivo. La verdadera intención de Diego era terminar su carrera en Boca, pero el golpe del Mundial era demasiado grande, así como también las presiones continuas sólo por ser el mejor. Sin embargo, el amor por los colores azul y oro y la idolatría que le brindaba la gente pudieron más, y así se produjo un nuevo regreso, esta vez el más anhelado, otra vez con la camiseta de Boca Juniors. Su presentación se hizo en septiembre de 1995, en un amistoso que los xeneizes le ganaron a Corea del Sur, en Seúl, por 2 a 1. Pero el verdadero reencuentro con la hinchada xeneize se produjo el 7 de octubre, cuando Boca venció a Colón por 1 a 0, en el marco de una Bombonera repleta y delirante, dando rienda suelta a su pasión como pocas veces por la vuelta del ídolo.
En ese torneo Apertura '95, junto a su compadre futbolístico Claudio Caniggia, estuvo cerca de lograr el título, situación que se repitió en el Clausura '96, otra vez dirigido por Carlos Bilardo. Sin embargo fueron dos frustraciones que desgastaron a Diego en lo anímico, provocando que reflotara la idea del retiro.
Después de casi un año sin jugar, casi con 37 años sobre sus espaldas decidió volver al fútbol y a Boca, jugando un partido en el Clausura '97, cinco en el Apertura y uno en la Supercopa del mismo año. Fue el final, porque un nuevo caso de doping, esta vez en su propio país, hizo que bajara los brazos definitivamente.
A la hinchada de Boca poco le importó que el equipo no pudiese concretar la ansiada vuelta olímpica, ya que vivió cada presentación de Maradona como una verdadera fiesta, llenando todos los estadios para corear su nombre y disfrutar de su fútbol.
Considerado un futbolista extraordinario, para muchos el mejor de la historia, otros lo censuraron por su conducta fuera del campo de juego. Lo cierto es que en Boca sólo quedó grabada su imagen de ídolo, al que se le perdonó absolutamente todo y se apoyó hasta en los peores momentos. Su dimensión de ídolo, su amor por la azul y oro, fueron los lazos que fortalecieron aún más la relación.
Maradona, el jugador más grande, fue, es y será de Boca, el club más grande.
Un orgullo compartido que perdura a través del tiempo.